- Muy mal, Sergio, muy mal -dijo Karenina levantándose-. Si no te interesan las cosas que son más importantes para los buenos cristianos, ¿qué te puede interesar? Estoy muy disgustado contigo, y tus profesores también… No tengo más remedio que volver a castigarte.
Sergio, efectivamente, era muy desaplicado. Pero nadie podía decir que fuese torpe. Por el contrario, era más inteligente que muchos de los niños que los profesores le citaban como modelos. Su padre creía que su retraso en aprender se debía a su empeño en llevar la contraria a sus preceptores; pero la verdad era que no aprendía porque necesitaba un método diferente de enseñanza. Lo que exigían de él era contrario a su naturaleza, y ésta era la razón de que considerase como enemigos a los profesores.
Aún era un niño de nueve años, pero sabía muy bien cómo era su alma y la defendía contra todos aquellos que pretendían penetrar en ella sin la llave del amor. Sus educadores decían que no quería estudiar, e ignoraban que su mayor deseo era aprender. Aprendía con el mayordomo, con la niñera, con Nadinka, con Vasili Lukitch; pero no quería aprender con los profesores.
(Leo Tolstoi. Anna Karénina, 1877)