Después de esta ausencia injustificable de casi un año, vuelvo a retomar este blog desconcertante. Pensé más de una vez en escribir, pero no para tratar ideas coherentes con la temática inicial, así que escrupulosamente abandoné una tras otra hasta llegar al vergonzante día de hoy. Como ya me conozco, anuncié en el primer post que esto seguramente degeneraría en algo totalmente diferente: pues así fue.
Podría calificar este tiempo de silencio como una pérdida de la armonía, y, de hecho, lo voy a hacer: califico este tiempo de silencio como una pérdida de la armonía. Sé que no es justificable, pero algunos necesitamos incluso morirnos para darnos cuenta de que no somos inmortales.
Me di cuenta de que la trivialidad no tenía ya cabida en mi tiempo ni en el del lector. Que sería egoísta fomentar el entretenimiento en detrimento del enriquecimiento (léase rápido y repítase las veces que se desee (léase rápido y…)). Porque el entretenimiento no es más que despreciar la vida. Como si el Mundo no mereciese un entusiasmo constante en grado sumo. Como si necesitásemos que pasase el tiempo hasta que llegase algo que se nos prometió. Como si buscásemos “desaburrirnos” mientras tanto. The horror. El lector sabrá ignorar al payaso que me acompaña, es lo único que me queda. Pero, en serio: The horror. Ojalá consiga comunicarlo debidamente.
La causa fue, esencialmente, que me creció el compromiso. No sabría ubicar exactamente en qué parte de mi cuerpo creció, pero desde entonces no encuentro placer en el hedonismo y mucho menos en predicarlo. La comida ya no sabe como antes. La brisa, que antes me traía satisfacción, ahora me trae desasosiego. Llamadme Hamlet por tanto paroxismo, pero me siento responsable. Responsable, como miembro del Sistema, de toda la infelicidad del Sistema, de todos los asesinatos del Sistema, de todos los encarcelamientos del Sistema, de toda la esclavitud del Sistema, de toda la pobreza del Sistema, […] de la mala educación, de la falta de respeto, de la desinformación […], de permitir que la tierra tenga un propietario, de la publicidad, de la superficialidad, de las discotecas, de los escotes, de la mala música, de las golosinas, […] de las prohibiciones, de la pasividad, del individualismo… Responsable por ignorarlo, por permitirlo y por alimentarlo. Responsable por no tener manera de frenarlo.
La solución no es desentenderse de un Sistema enfermo en cuanto puedas, porque no todos pueden y eso es, precisamente, uno de los síntomas de contagio del Sistema: la idea de parasitar en él hasta lograr la autonomía suficiente como para poder abandonarlo. Confieso que es necesario apartarse con frecuencia y mantenerlo a distancia para que no te convenza, pero hay que volver.
Tal vez haya sido la Globalización la que, al fulminar las fronteras, hizo que asumiese como propios los problemas que estaban del otro lado. Otros, incluso con fronteras, asumieron sus mercados, sus recursos naturales, su gobierno y su mano de obra barata. Hoy nos quejamos de la inmigración que nosotros mismos hemos creado. Acaso algún problema al que ahora haga frente la humanidad no lo ha creado ella misma, pero yo no lo conozco.
Tal vez, con nuestra Justicia, no se pueda acusar a un individuo de lo que su Sistema hace, pero no por eso deja de ser responsable y culpable. Tal vez no pueda denunciarse ante nadie, porque todo el Sistema es culpable. Tal vez no haya siquiera con quién disculparse, porque todo el Sistema es culpable.
Aunque me encuentro en su mismo estado deplorable a causa de la culpabilidad, no tomaré las soluciones de Raskolnikov o Emma Bovary. Simplemente, haré mi parte del trabajo.