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Asnografía
“Leo en un Diccionario: Asnografía: s. f., se dice, irónicamente, por descripción del asno.
¡Pobre asno! ¡Tan bueno, tan noble, tan agudo como eres! Irónicamente… ¿Por qué? ¿Ni una descripción seria mereces, tú, cuya descripción cierta sería un cuento de primavera? ¡Si al hombre que es bueno debieran decirle asno! ¡Si al asno que es malo debieran decirle hombre! Irónicamente… De ti, tan intelectual, amigo del viejo y del niño, del arroyo y de la mariposa, del sol y del perro, de la flor y de la luna, paciente y reflexivo, melancólico y amable, Marco Aurelio de los prados…
Platero, que sin duda comprende, me mira fijamente con sus ojazos lucientes, de una blanda dureza, en los que el sol brilla, pequeñito y chispeante en un breve y convexo firmamento verdinegro. ¡Ay! ¡Si su peluda cabezota idílica supiera que yo le hago justicia, que yo soy mejor que esos hombres que escriben Diccionarios, casi tan bueno como él!
Y he puesto al margen del libro: Asnografía: s. f., se debe decir, con ironía, ¡claro está!, por descripción del hombre imbécil que escribe Diccionarios.”
Juan Ramón Jiménez: Platero y yo, 1917
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En un arrebato trascendental puede uno tratar de buscar el albergue donde reposan las causas últimas de todas las cosas. Seguro que invirtiendo un cuasi-eterno diagrama de flujo podría llegarse una única causa última, a la cúspide de la pirámide de las causas, al primer registro del árbol genealógico de las causas. Viajando paralelamente por las finitas cadenas de causa-efecto del universo, desde que el lector lee esta palabra hasta sabe-Dios-cuántos millones de años atrás, seguro, llegaríamos a un mismo punto de encuentro común. El origen de todo. Desde la última patada en los huevos que nos dieron hasta el famoso evento con nombre de superhéroe americano de Marvel: el Big Bang. ¿Puede el Big Bang ser la causa última de una patada en los huevos? ¿Puede ser el causante de este dolor? Entonces, hace sabe-Dios-cuántos millones de años, el Big Bang activó un mecanismo a través del cual, golpe a golpe, a modo de péndulo de Newton, llegó hasta los huevos de este autor. No se quiere confundir al lector, esa causa última debe responder a un fin último que, espero, nada tenga que ver con los susodichos huevos. Pero, ¿cuál era la intención del Big Bang? ¿Adónde pretende llegar? Y, al igual que a cualquier víctima de la expropiación forzosa de su vivienda para construir una autopista, nos preguntamos: ¿era necesario que pasara por ahí (entiéndase: los huevos del autor)? Tras un soliloquio de preguntas retóricas cabe buscar, como cualquier otro individuo frustrado, al responsable de todo esto. Como culpar a una explosión de explosionar sería tan absurdo como culpar a un cuchillo de acuchillar, sospeché que algo debía estar detrás de la explosión. Ese algo podría ser la Nada (?).
¿Qué llevó a la Nada a querer rellenarse de algo? ¿No le dio pereza? En cualquier caso, en días como hoy, el Big Bang parece una mala idea.
Siguiendo el procedimiento habitual de la policía de Nueva York, ¿no se le podrían también atribuir todos los crímenes grotescos de los últimos millones de años? ¿Es la responsable de la fugaz tendencia al alza de los precios de la comida de soltero? Me imagino a la Nada, empujando un carrito de Mercadona, escandalizada porque el kilo de spaghetti Hacendado ha subido de 77 a 99 céntimos. La Nada. ¿La Nada será soltera? Con sus ventajas y con sus inconvenientes: nada de sexo pero nada de discusiones, nada de suegras, nada de crees-que-estoy-gorda?, nada de te-parece-guapa-mi-amiga-Marta-?, nada de de-verdad-que-no-crees-que-estoy-gorda?, nada de preguntas trampa escondidas dentro de preguntas trampa. Pero nada de sexo. Pero nada de sufrir las ideas de un engendro moldeado por la Cosmopolitan y Sexo en Nueva York; qué astuta la Nada.
Concluimos, pues, la cosmogonía como un diseño último universal inacabado cuyo único responsable, para bien y para mal, es la Nada y cuyo fin es un misterio. Entiendo, por ende, que la culpa de que hoy faltaran 17,23 euros de la caja fue, y lo manifiesto sin rubor, de la Nada y nada tuvo que ver conmigo. Se lo transmitiré a mis superiores; diré que la Nada pasó por la caja como pudo haber pasado por sus huevos e hizo desaparecer 17,23 euros. Ya lo dice aquel refrán que me acabo de inventar: más vale Nada en la caja que Nada en el escroto.
Así queda fundada la excusa universal que librará a todo hombre de cualquier responsabilidad para con su entorno próximo y remoto. Disfrútenla, pues es un bien preciado, y que nadie les haga sentirse responsables de nada que para eso está la Nada.
Finalizando el presente recital y fuera de programa, el autor interpretará la siguiente cuestión dedicada al Cubo de Rubik, que sacará muy pronto su nueva maqueta: ¿Sabrá nadar la nada? Y si no nada nada, ¿se quedará anonadada en el mar?
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- Espera. Prefiero con la luz encendida.
Pero, ¿qué necesita ver? ¿Acaso no es más sensual el monocromo? No me imagino a Bogart coloreado convenciendo a una Ingrid Bergman coloreada de que se vaya en un avión coloreado con su marido coloreado. Además: siempre les quedará la ciudad de la luz. Esa escena ¡esa época! es en blanco y negro, está en la esencia. Si violas la esencia, violas el concepto. El sexo es misterioso, nocturno, furtivo. El sexo es fluir, dejarse llevar. La claridad despierta. Despierta los escrúpulos y esconde lo que no se puede ver. La claridad eclipsa el sonido de su respiración. Eclipsa su suavidad. Eclipsa su perfume: Magnetism de Escada. La claridad distrae a la vista de lo que le importa; el ruido, al oído; un ambientador con forma de pino, al olfato. Luz tenue: nada de distracciones. Término medio: dorada mediocridad: ¡Aristóteles!
Y, ¿qué hay de la fusión de siluetas? Formas compactas en escala de grises fluyendo a un ritmo regularmente irregular. Se confunden: no se sabe dónde empieza uno y termina el otro. Tampoco importa.
¿Cómo violar el concepto de la cúspide de la pasión y el romance? Con luz. Con la luz encendida, es porno. Tiene la sensualidad de una carnicería. La sensualidad del Nacional Geographic.
Tú, yo, el neón de la mini-cadena y tu perfume. ¿No son los mejores invitados los discretos, que apenas perturban el orden del hogar? Los tranquilos, sosegados, armoniosos, equilibrados. Todos los emisores serenos para mantener a todos los sentidos serenos, sin faltarse al respeto. Sin eclipsarse. ¡Basta de violencia! ¡No al absolutismo de esa bombilla standard!
- Pero…
- Mm. Es que quiero ver tu cara. Te quiero ver disfrutando.
- Ah, vale.
Texto íntegro extraído de “Tenue”. David Soto, 2008.
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Domingo. El día más deprimente de la semana: apenas unos pocos coches consiguen vencer la depresión y salen a circular tímidamente; independientemente del tiempo que haga, el día se torna gris; el espíritu de pesantez se desdobla de cada ser humano y se sienta sobre sus hombros; las matriarcas se ven obligadas a cocinar sendos guisos milagrosos para despegar a sus familiares de sus respectivos escondites en el exilio urbano. Ni Dios fue capaz de llevar a cabo ningún tipo de actividad productiva el domingo; así se estrenó el descanso y dio paso a la publicidad. Ahora la llaman misa. Los caminos del marketing son inescrutables.
La gravedad es más acusada en domingo. Sólo se tiene constancia en la historia de un tipo de ser humano que sale en domingo sin cara de domingo y trabaja sin piedad contra la pereza. Como repite Friedrich Nietzsche hasta la saciedad propia y ajena: “El hombre es algo que debe ser superado”: así nace la Pulpeira.
Pero para los que no pertenecemos a estos estratos superiores es prácticamente imposible levantar el cráneo más allá de las rodillas y afrontar el día con alegría o un mínimo de vitalidad. Recordar que hay 52 días como éste al año hace replantearse hasta las ganas de seguir viviendo sin televisión de pago. Sólo una gran noticia, ¡un gran hallazgo!, puede trasformar el tedio de la apatía en plenitud, en asombro y admiración. Llorar de alegría y sentirse orgulloso de la grandeza del ser humano ¡un domingo!
¡Sabed, oh humanos, que no hay límite para la creatividad! Los horizontes se desplazan con el propio movimiento. Hacia donde sea. El Universo se expande. Por eso es infinito. Por eso la creatividad es infinita. Y en la inmensidad del mundo material y metafísico, el hombre ha dado un paso. El hombre ha dado un paso y se nos comunica hoy domingo para dejarnos sólo 51 domingos de tedio profundo en calles donde el viento se hace protagonista y arrastra las hojas por la acera como un virtuoso acaricia las cuerdas de su violín. ¡Gracias, afán de superación! ¡Bienaventurados los que se superan porque suyo será el Reino de los Cielos! Pero, ¡más bienaventurados los que se burlan del cielo y disfrutan de los placeres mundanos en tierra firme! Que no os confundan las lágrimas de este mensajero; el mensaje que trae va más allá del bien y del mal. Las lágrimas, lejos de ser fruto del dolor, son un homenaje al regocijo del eterno bohemio. Hoy vengo a ofreceros la respuesta a las plegarias que ha lanzado nuestro subconsciente a las entidades divinas. Porque estábamos insatisfechos, pero no lo sabíamos. Porque no terminábamos de alcanzar la plenitud y ni siquiera éramos conscientes. ¡Pero, oh humanos, hemos sido oídos desde las alturas! Si no alcanzamos el nirvana con este milagro de la ciencia, es que no somos dignos de ella.
Algún piadoso, infiel al mundo del placer, presa del escándalo, se atreverá a protestar: “¡Pero es que esto es jugar a ser Dios!” Y razones no le faltarán, pero tampoco le faltarán a quien le rebata: “¿Pero acaso Dios, si es que existe, no nos ha proporcionado las necesidades, el material, a Aristóteles y el método científico?” ¡Dispensad, oh humanos, la indignación! Pero si Dios existiera o existiese y nos creara a su imagen y semejanza, estaría embutido en esta bañera, con este soporte de esencia bohemia, y querría lo mismo para nosotros.
Una imagen de 294×190 quizá no valga más que mil palabras, así que dejad, pues, que la acompañe una sencilla serie de conceptos para ayudar al ojo a ver lo que debería ver en esta mancha ininteligible: Soporte, bañera, copa de vino, vela, libro, patito de goma, regulable.
Las dos cosas más bellas que se le puede decir a un hipocondríaco que además nunca encuentra la postura perfecta a la primera ni a la segunda no son “Te quiero”, “su boleto está premiado” ni esas nimiedades. Las dos frases más hermosas para él siempre serán: “Es benigno” y “Es regulable”. ¡Gracias, oh gaya ciencia, por acordarte también de nosotros!
Pero al igual que a todos los ámbitos puros y nobles de la civilización, a éste también se acercan los indignos. El Tratado no cae ni caerá nunca en la misoginia, la homofobia o la “metrosexualofobia” pero hemos de evitar que dentro del arte del placer se lleven a cabo prácticas como de la que a continuación se da muestra violando la política de censura:
(Resolución 453×278) La información escandalosa y morbosa siempre se comunica con mayor intensidad y detalle que la constructiva. ¡Oh desdichado ser humano, siempre un paso hacia delante y dos hacia atrás!
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Quien haya visto “Lost in translation” o “Flores Rotas” tendrá una idea aproximada de qué cara es la que debe venirnos a la cabeza al usar la expresión “la cara de Bill Murray”. Para los que no las hayan visto ni quieran verlas y/o para los que las hayan visto y no quieran acordarse, a continuación se adjuntan unas capturas de pantalla de las cuales hallaremos la media aritmética.
¿Cómo de absurda ha de ser la situación en la que se ve envuelta una persona para “cerrar el establecimiento” y dejar colgada una cara como ésta? Una cara que careciendo de toda expresión es capaz de transmitir con total transparencia cómo se siente. Objeto de la saturación, la gota que colma desconecta al individuo del contexto y pasa a convertirse en un mueble.
Otros de los extremos en cuanto a expresividad y transparencia, los podemos encontrar en:
- Heidi (total expresividad/total transparencia). Parece ser feliz y, sin embargo, es feliz.
- Eugenio (nula expresividad /nula transparencia). Ni parece ser algo ni tiene por qué serlo, pero está ahí o estuvo. (¿?)
- Un camarero (total expresividad/nula transparencia). Si usted supiera lo que piensa un camarero cuando le sonríe, le aseguro que no le dejaría propina.
Para una mejor comprensión, véase y alábese el Gráfico 1.1.
Gráfico 1.1
Nótese en la imagen de Bill Murray cómo en segundo plano una señora vestida de rosa con las maletas en la mano parece chillarle poco menos que “divorcio” desde la puerta. Haciendo alarde de una impecable educación, se levanta a despedirla a la puerta; ella le llama “Don Juan caduco”; él vuelve al sofá con cara de Bill Murray.
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Tras leer y re-leer el fragmento que se adjunta a continuación, me tuve que replantear (por enésima vez) muchos aspectos de la vida que llevo/llevamos. Me acojoné de tal modo que decidí dejar de posponer “la tan pospuesta pregunta” y enfrentarme a ella con admirable valentía y dispuesto a mentirme en lo que hiciera falta hasta llegar a una conclusión satisfactoria. Así nace el Tratado de la Dolce Vita.
“¿Que qué le pido a la vida? No sabía que se le pudiera pedir algo. La verdad es que no deja de darme cosas que no quiero. Parece que me está dando lo que quiere otro. Parece una máquina expendedora de sueños con los botones mal configurados. Y además notas cómo una voz robótica de tono jocoso se traga parte de tu capacidad adquisitiva y te abofetea con un “Su sueño, gracias”.
– ¡Eh! ¡Yo no pedí esto! ¡Yo no fumo esta basura! ¡Me da igual que sea más cara! ¡Ésta no es mi basura!
Después de liarte a patadas con una máquina que sólo sabe equivocarse y agradecer el maltrato, se llega a sentir cómo Groucho Marx y Murphy (los únicos impresentables capaces de crear una máquina de tamaño humor negro) hacen la croqueta sobre una nube mientras se descojonan y te señalan con el dedo.
[…]
Que qué le pido a la vida… ¡¿y yo qué sé?! ¡¿Quién sabe lo que quiere?! Espero que lo que quiero no sea este conjunto de estupideces que no satisfarían ni a la más viciosa de las almas. Pregúntame mejor qué es lo que no espero de la vida. No terminaría antes (y que Dios me ampare si no es así) en contestar, pero podría ir dándote un largo adelanto.
[…]
Está claro que lo mejor es no esperar nada, tan solo ir y cogerlo. Tengo 24 y ya siento que se me ha ido media vida. ¡Como para seguir esperando a que la arreglen! sobre todo estando como está el servicio técnico. ¿Entiendes, cartel publicitario simplón pegado delante de una parada de autobús? En fin… (suspiro) ¡Cómo tarda la 015!”
Quizá la única manera de llegar a la respuesta sea ir tanteando y cerrando el cerco hasta hacerse una vaga idea de qué se ha de esperar de la vida si en efecto se ha de esperar algo de ella.
No contento con hacer un análisis exhaustivo de las actitudes, comportamientos y/o procedimientos que se aproximan o se apartan de la Dolce Vita, me propuse hacerlo en público (con el consecuente peligro que supone que mi madre pueda llegar a leerlo) para el bien (o la confusión) de todos (los que entren por error).
Con el presente escrito se pretende sentar las bases a modo de Carta Magna para lo que será el Tratado de la Dolce Vita, el cual (por experiencias anteriores) sé que degenerará en otra cosa distinta.
Aunque Federico Fellini hubiera titulado “La Dolce Vita” a su famosa película con todo el sarcasmo que puede caber dentro de un italiano para describir el tipo de vida que llevaba el protagonista encarnado por Marcello Mastroianni, entendamos que estar flipando a solas con Anita Ekberg en la Fontana de Trevi bien puede merecer todos los excesos y resacas. Así que estudiaremos en qué medida es “viciable la virtud”, si lo es, para alcanzar la plenitud o Dolce Vita o no debe serlo en absoluto. Si la deontología y la teleología pueden vivir en armonía, trataremos de encontrar su punto de equilibrio.
No hay que ser un lince para saber que si ningún filósofo ha hecho más que especular sobre el tema, nosotros no vamos a ser más y llegar a una fórmula concluyente. Pero como decimos en Dakolchons “Sí, sí. Pero y las risas que nos cogemos, ¿qué?”
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